12 de jun de 2006

Taça Jules Rimet

Acá está, que la vengan a buscar

Por Darío Pignotti
Desde San Pablo

Juan Carlos Hernández, argentino y traficante de oro, lleva horas en una comisaría de Río de Janeiro esquivando las preguntas de dos investigadores abocados a develar el robo de la Copa del Mundo Jules Rimet, conquistada en México en 1970 por la selección de Pelé. Uno de ellos, Murilo Miguel, advertido de que no podrán arrancarle la confesión buscada se resigna: “Nosotros –dijo a Página/12 más de dos décadas después– tuvimos que ganar tres campeonatos para quedarnos con la copa y viene un argentino y la derrite”.

Fue en febrero de 1984. El relato lo hizo a Página/12 el propio Murilo, abogado jubilado del Ministerio Público al que sirvió hasta el año 1990. “Juan Carlos Hernández era un tipo muy astuto, muy astuto, fingía no saber nada, pero cuando le dije que para los brasileños era una bofetada que un argentino haya convertido a la copa en lingotes de oro me miró con una sonrisa que todavía recuerdo, para mí fue como una confesión”.

El robo había sido planeado a mediados de 1983 en el bar Santo Cristo, zona portuaria de Río, donde un gerente de banco, Antonio Pereira Alves solía compartir las mesas de pocker y cachaça con un reputado manipulador de cajas fuertes, Antonio Setta. Pereira también frecuentaba la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) donde advirtió que la vidriera donde se exhibía el trofeo era un bocado fácil para un experto como Setta. Setta rechazó el convite. Pero aceptaron José Luiz Vieira, alias “Bigote” y Francisco Rocha, el Barba.

En la noche del 19 de diciembre de 1983 Bigote y Barba ingresaron en la vieja sede de la CBF, maniataron al único guarda y en menos de una hora se hicieron con la esfinge de 49 centímetros de altura. A partir de ese momento, el problema fue qué hacer con la criatura de 1,8 kilogramo de oro. Es cuando entró en escena la joyería de Carlos Hernández, “el mayor vendedor de oro robado de Brasil en esos años”, según Murilo Miguel.

La maldición

Con el inicio del Mundial de Alemania, de donde Brasil pretende retornar con su sexta copa, las historias sobre la Jules Rimet vuelven como un recuerdo amargo. “Es un rito que se repite cada cuatro años, los brasileños nos acordamos de la copa que nunca recuperaremos”, se lamenta el ex investigador Murilo Miguel. Una semana atrás la TV Globo abordó el tema en un programa especial y el cineasta Jota Eme estrenó el film El argentino que derritió la Jules Rimet.

“El argentino Juan Carlos Hernández debe ser el único que está con vida de los cuatro condenados por el robo. Todos terminaron sus días penosamente, pobres, perseguidos y eso hizo que la gente crea que hay una maldición. A mi ver eso es mito y tal vez haya habido quema de archivo con alguno de ellos”, especula el director cinematográfico.

La última vez que la Jules Rimet fue vista en un estadio fue el 21 de junio de 1970, cuando el capitán de la selección brasileña Carlos Alberto inauguró el ritual de besar la presea ante más de 115 mil personas en el Estadio Azteca de México. Para ese entonces, el trofeo ya había cumplido 41 años desde que había sido esculpida a instancias del presidente de la FIFA, el francés Jules Rimet, el mismo que impuso la norma según la cual quien ganara tres veces el título se quedaría con ella definitivamente. Antes de ser fundida en la joyería del argentino Hernández la copa ya había sido escondida por el presidente de la Federación Italiana de Fútboltemeroso de que fuera robada durante la II Guerra y en 1966 fue robada y prontamente hallada por un perro doméstico en Inglaterra.

El director de El argentino que derritió la Jules Rimet, reveló a este diario que quiso armar “una historia sin los tintes nacionalistas que muchos le han dado en Brasil. Para mí el robo es más una comedia que la tragedia con que la pintaron los militares en 1984. Por eso jugamos un poco con la ficción y hasta con el absurdo cuando mostramos a un personaje soñando con una guerra entre Brasil y Argentina, donde también mezclamos guerra de Malvinas y la Copa de 1978”.

“El sentimiento y la identificación de los brasileños con la copa era increíble, y hoy eso se sigue viendo. Y posiblemente gracias a esa pasión nacional la policía comenzó a recibir pistas. Cuando Antonio Setta supo por los diarios que se habían llevado el trofeo delató al gerente de banco Pereira, aquel que le había propuesto dar el golpe en un bar. Setta es uno de los personajes más curiosos de la historia, un ladrón sentimental que, según él mismo contó a la prensa, no quiso entrar en el plan de Pereira por razones sentimentales: la copa le traía recuerdos imborrables como simpatizante y como persona, ya que su hermano había muerto de un paro cardíaco en 1970, viendo la final de la copa por televisión”.

El cineasta Jota Eme discrepa con el investigador Murilo Miguel en varios puntos. Cree que muchas de las confesiones que permitieron al juez condenar a los cuatro acusados en 1998 fueron logradas bajo tortura y que la versión final de los hechos ofrecida por la policía parece un montaje para calmar a la opinión pública que quería ver rodar cabezas. Murilo, en cambio, dice que “delante de mí nadie fue torturado y, en general, creo que los hechos están bien identificados por la investigación”.

La tercera discrepancia entre el autor del film y el ex funcionario del Ministerio Público deja un final abierto. Para Murilo Miguel “no hay ninguna duda de que la Jules Rimet fue convertida en lingotes de oro. Eso además es perfectamente lógico porque ningún ladrón se arriesgaría a permanecer con un objeto de ese tipo en su poder”.

Jota Eme en cambio tiene sus dudas. “Nunca terminé de convencerme de esa historia oficial, siempre me queda la sospecha de que algún coleccionista la compró pagando una fortuna y se la llevó lejos de aquí. Yo no investigué el asunto, pero mi intuición es que la Jules Rimet está enterita y bien lejos de Brasil, tal vez en Europa”.

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